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El Juglar Perdido

 

Les habla El Juglar
perdido en un mundo de racismo.

Reconstrucción del posible rostro de Jesús según  R. Neave y la BBC...¿Seguirías a este Jesús?

Y...¿qué es el racismo?,
sino ver diferencias en tu frente,

ver el arcoiris vistiendo gentes que confunden al Sastre con clientes, que no aceptan la tela; y se pierden la igualdad en el misterio que protege la pureza donde el blanco es el último paso que se convierte en el primero del negro más intenso, donde descansamos entre grises por un tiempo, mientras creamos en ello.

Elegiste tu disfraz y comenzó el carnaval. Olvidaste tu elección y apostaste todo a un juego.

Ahora temes verte en el espejo.

Pues ¡mira bien!, ¡escucha bien!

El mundo es un Cisne, y tú sigues viéndote como un patito feo.

 

4. Una mujer de la ciudad se acercó a la fuente a llenar su cántaro; Jesús tenía sed, y cuando pidió de beber a la mujer, ella dijo: 5. Yo soy samaritana y tú eres judío; ¿no sabes que los samaritanos y los judíos son enemigos? Nunca comercian entre ellos, entonces, ¿por qué me pides que te dé de beber?

6. Y Jesús dijo: Samaritanos y judíos son hijos de un solo Dios, nuestro Padre, y son de una misma familia. 7. Lo que crea esta enemistad y odio es sólo el prejuicio que proviene de la mente carnal. 8. Aunque yo soy judío, reconozco la fraternidad de la vida y amo tanto a los samaritanos como a los judíos o griegos. 9. Y si solamente supieras las bendiciones que nuestro Padre Dios ha enviado a los hombres a través de mi, tú me pedirías a mí de beber. (cap. 81)

 
 
 
 

16. Y luego, dirigiéndose a los samaritanos, les dijo: No os extrañéis de que yo, siendo judío, os hable, pues soy uno con vosotros.
17. El Cristo universal que era, es, y será siempre, se ha manifestado en mí; pero Cristo pertenece a todos los hombres.
18. Dios distribuye sus bendiciones con generosidad y no trata mejor a una criatura que a otra, de todas las que ha creado.
19. Hace poco estuve en las montañas de Judea, y allí brillaba el único sol que Dios ha creado, y las flores crecían, y por la noche las estrellas eran igual de brillantes que aquí.
20. Dios no puede rechazar a uno de sus hijos; judíos, griegos y samaritanos son iguales a sus ojos.

(cap. 82)