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El Juglar Perdido

 

El invierno mantenía congelados sus recuerdos. Algunos dejaron de caminar por el peso de lo viejo. La memoria era un mar revuelto que les oscurecía el corazón.

El miedo caía como un torrente de lluvia que desbastaba los surcos de la piel. Pero llegó él, acompañado de cisnes que crearon una brisa, despejando al cielo. Recorrió la mente de los resignados.

Les depositó un verso que se desveló en las lágrimas producidas por el deshiele. Quiso sentarse cuando vio que todos lograron correr sin resentimientos, acercándose estremecidos por el calor de la palabra viva que estaba ofreciendo.

Con sus manos arrancó las dudas que aún marcaban la tierra para recordarles que nada había pasado.

Ahora, ya todos estaban aquí.

 

El fin del Continente la Atlántida, como una clara afirmación de lo que significa la no afinidad de Ideas de pensamientos entre los integrantes del conglomerado Humano, viene a demostrar la Verdad de que, no existen castigos Divinos sino el natural desajuste de las diferentes Mentes, caídas en una oleada de Incomprensión.

Allí en una cumbre, había una figura extraña que contemplaba con serenidad inmutable, todos y cada uno de los acontecimientos, era la figura venerable del Tuhlkan.

Su Voz se pudo oír cuando el final del Continente se acercaba a su culminación y dijo: ¡IHU! HULDEHL ALHZATA NUKE DILH AHZAHT IHU.

Yo comprendo Señor dijo el Tuhlkan, que son los hombres los responsables de todo. Oró y nombrando a IHU vio todo consumado...

 
 
 
 

28. Llegó la tarde; tres barcos se hicieron a la mar y Jesús descansó en la barca principal, donde quedó dormido.
29. Y se desató una tormenta; las barcas eran movidas como juguetes en el mar.
30. Las aguas barrían la cubierta y los robustos barqueros temían que todo se perdiera.
31. Y Tomás encontró al maestro profundamente dormido; le llamó y Jesús se despertó.
32. Y Tomás le dijo: ¡Mira la tormenta! ¿No te preocupas de nosotros? Las barcas se están hundiendo.
33. Y Jesús se levantó y alzó la mano;  habló a los espíritus de los vientos y de las olas tal como los hombres hablan a los hombres.
34. Y he aquí que los vientos cesaron de soplar, y las olas vinieron temblorosas a besar sus pies; y el mar estaba en calma.
35. Y entonces dijo: Hombres de fe, ¿dónde está vuestra fe? Pues podéis hablar y los vientos y las olas os oirán y os obedecerán.
36. Los discípulos estaban asombrados. Decían: ¿Quién es este hombre para que incluso los vientos y las olas obedezcan su voz?

(cap. 117)